Atrápame si puedes

Opinión26/06/2026 Por Pedro Pesatti (*)

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Existe una sola crítica inapelable contra cualquier gobierno: la que surge de quienes lo conforman o son sus aliados. La Fundación Pensar, usina de ideas del PRO —el partido que acompaña a Javier Milei desde el pacto de Acasuso, desde la estoica vereda de la Casa de Tucumán y desde el Congreso, donde ha votado todas las leyes reclamadas por Milei—, acaba de publicar el documento Atrápame si puedes y, en el propósito de explicar los efectos del programa libertario, termina urdiendo, página por página, el texto más grave de una acusación insospechada. Leámoslo con esa clave: cada número, cada gráfico y cada juicio que invocamos a continuación proviene de la pluma del oficialismo, no de la nuestra ni del periodismo que no odiamos lo suficiente.

La tesis central la escribe el propio resumen ejecutivo, y la reproducimos porque pesa más en su literalidad que en la mejor paráfrasis: el modelo “no produjo una economía homogéneamente ganadora o perdedora”, sino que “produjo una economía partida”. La palabra “partida” es la confirmación exacta de aquello que venimos sosteniendo. Hoy convive un país que crece hacia arriba con otro que se hunde hacia abajo, separados por un cisma que el propio documento reconoce y bautiza apelando al concepto que venimos acentuando desde hace tiempo: enclave.

Los que ganan en esa economía partida son el capital, el dólar, las finanzas y la extracción de recursos naturales. El sector financiero creció 24,7% en 2025, más de cinco veces lo que avanzó el conjunto de la economía real, y el documento lo consagra como “ganador claro”, admitiendo en el mismo renglón que se trata de un crecimiento “con baja intensidad laboral”. La energía y la minería baten récords de exportación y, aun así, la propia Fundación insiste en una advertencia decisiva: la minería arrastra diecinueve meses consecutivos de caída del empleo y encabeza el retroceso laboral interanual con un 8,6%. Allí, en sus páginas, queda escrita con todas las letras la piedra angular de todo el programa: “El riesgo es que sea un enclave: muchos dólares, poca integración local y conflictividad territorial”.

Los que pierden ocupan la mayor parte del mapa, y para identificarlos alcanza con seguir los veredictos que el informe estampa al pie de cada capítulo. El sector de la construcción es “perdedor claro”: entre el corte de la obra pública y la recesión se evaporaron cerca de 88.000 puestos de empleo. El documento pinta la escena con una crudeza que nos ahorra el adjetivo, al hablar de “la motosierra sobre la obra pública” y de un modelo que “dejó rutas, viviendas, escuelas, hospitales, empresas y trabajadores en el camino”. El comercio es “perdedor transitorio”, el territorio donde “la macro se convierte en changuito, mostrador y persiana baja”. La industria es un “sector partido con muchas pymes perdedoras”, con casi 73.000 empleos fabriles menos desde septiembre de 2023 y salarios reales que se desplomaron 12,3% en el textil, 9,5% en el gastronómico y 8% en la alimentación. Y la educación pública, las universidades, la ciencia, la salud y la cultura encabezan la nómina de los sacrificados, dentro de un total de 304.000 empleos formales menos que en noviembre de 2023. A ese desgarro, la propia Fundación lo llama “la nueva grieta económica”.

A la fractura productiva, el documento le suma la asimetría fiscal que constituye el corazón de nuestra discrepancia con la política económica de Milei. La Fundación reconoce que la minería “compite con ventajas que otros sectores no tienen” y que más del 95% de los proyectos amparados por el RIGI se concentra en minería e hidrocarburos. Queda confesado el privilegio en su forma más nítida: megainversiones blindadas con estabilidad fiscal por décadas, mientras el trabajador, el jubilado y la pequeña empresa pagan la factura íntegra del ajuste más grande de la humanidad.

Lo revelador es que la propia opinión pública que mide el PRO percibe el mecanismo. El relevamiento muestra que la mayoría atribuye el éxito de los sectores ganadores a que “el Gobierno tomó medidas que los favorecieron” o a que “están más vinculados al dólar y al mercado externo”, y no a una competitividad genuina; y un 66% reclama que se proteja a los sectores que sostienen el empleo y que Milei dejó a la intemperie. El dato que corona la idea de los dos países lo aporta la encuestadora Mora Jozami: la brecha de confianza del consumidor en favor del interior alcanza la mayor distancia de los últimos veinticinco años. “Argentina, dos mundos”, titula su propio sondeo.

Pero la confesión más elocuente no radica en los números, sino en la incomodidad del aliado. El PRO se ve obligado a tomar distancia y a escribir, con todas las letras, que “no nos resignamos a creer que desde el Estado no podemos ayudar a aquellos sectores que hoy se están quedando atrás, como la industria y la construcción”. Y describe la respuesta libertaria como la pura “supervivencia del más apto”, la de un gobierno que todavía exhibe la ausencia de “un plan B para los perdedores”. Y, sin decirlo expresamente, reconoce la matriz de crueldad donde se está gestando la nueva Argentina.

El informe pretende cerrar con una pregunta esperanzada: la cuestión de fondo, explica, no reside en saber si habrá ganadores y perdedores, pues lo relevante es saber si el crecimiento podrá distribuirse desde los sectores dinámicos hacia el resto. Pero esa pregunta, que la Fundación inquiere como si fuera nueva, tiene más de setenta años y ya recibió su respuesta. La formuló Raúl Prebisch, el tucumano que, desde la CEPAL, le enseñó a América Latina a mirarse sin las anteojeras de los países dominantes. Prebisch demostró que la división internacional del trabajo no irradia los frutos del avance técnico hacia los pueblos exprimidos, sino que los concentra en quienes industrializan sus recursos, mientras los términos del intercambio se deterioran de manera sistemática contra el que sólo vende materias primas. De esa lúcida tradición estructuralista proviene la categoría que la propia Fundación se ve obligada a emplear: la economía de enclave, aquella en la que el sector exportador dinámico crece de espaldas al territorio que lo aloja y produce dólares que jamás se transforman en desarrollo nacional.

Lo que Atrápame si puedes denomina, con prudencia, un “riesgo”, Prebisch ya lo había nombrado como la condición misma del subdesarrollo latinoamericano: un país puede exportar cada vez más y desarrollarse cada vez menos. Esa es, con exactitud, la economía partida que el documento de la fuerza política fundada por Mauricio Macri expone con claridad meridiana. Por lo tanto, no estamos ante una novedad de estos días, sino ante la repetición —ahora acelerada con motosierra— de la trampa más antigua de nuestra historia económica. Un país que abraza a unos pocos y abandona a la mayoría no construye una nación ni un hogar común: levanta un enclave, una factoría próspera incrustada en un territorio condenado al empobrecimiento. La verdadera pregunta, entonces, ya no es si el modelo tiene ganadores. La pregunta de fondo —la de Prebisch, la nuestra— es si la Argentina aceptará, una vez más, ser el enclave, la góndola desde donde se llevarán toda su riqueza, dejando casi nada a cambio. Y lo novedoso es que, esta vez, la respuesta está implícita en los propios argumentos de la usina de ideas del PRO.

(*) Vicegobernador de Río Negro

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