









Todavía duele la derrota frente a España, a la vez que aflora el agradecimiento. Sin dudas, una vez que las heridas cierren, empezaremos a comprender en su justa medida la transformación que trajo la Scaloneta, algo que va mucho más allá del fútbol.


La Scaloneta no es solo el equipo más ganador de la historia de nuestro fútbol. Es un proceso. Un proyecto que se sostuvo incluso cuando no había resultados inmediatos. Se construyó con orden, planificación, con roles definidos y con una conducción que nunca perdió el eje. Algo que en la política parece ciencia ficción.
Si uno baja esa lógica a Río Negro, el contraste es inevitable y aquí es donde tenemos mucho que aprender de la Selección.
La provincia hace casi 16 años que gira en una rueda donde todo cambia para que nada cambie. Se anuncian planes que no se sostienen, reformas que no transforman y prioridades que se redefinen según la urgencia del momento. Salud colapsada en varios puntos, educación con parches permanentes, seguridad discutida más en declaraciones que en resultados concretos. No es falta de diagnóstico. Es falta de dirección.
La primera lección de la Scaloneta es esa: sin rumbo, no hay resultado. Y en Río Negro el rumbo muchas veces parece atado a la coyuntura, no a un proyecto.
La segunda es más incómoda: el equipo está por encima de los nombres. En la Selección, incluso las figuras más grandes entendieron que el protagonismo es colectivo. Nadie rompe el sistema para lucirse. Ni siquiera el más grande.
En la política rionegrina pasa lo contrario. El personalismo sigue siendo regla, no excepción. Dirigentes que construyen pensando en su propia supervivencia o alimentan su figura más que un proyecto común. Espacios que dependen de una cara, de un apellido o de un armado circunstancial. Cuando el liderazgo se vuelve personalista, el sistema se debilita. Y cuando ese liderazgo falta o se desgasta, no queda nada sólido detrás.
La tercera lección es la cultura del proceso. La Selección no improvisa. Sostiene una idea, prueba, corrige y vuelve a intentar. No cambia todo cada seis meses para mostrar movimiento.
En Río Negro, en cambio, la política suele confundir gestión con reacción. Se corre detrás de los problemas en lugar de anticiparlos. Se gobierna más para apagar incendios que para evitar que empiecen. Y así, cualquier avance termina siendo parcial, frágil y fácilmente reversible.
También hay una cuestión de credibilidad. La gente cree en la Selección, aun en la derrota, porque ve coherencia, un equipo que compite, que responde, que tiene una identidad. En política, esa confianza está rota. Y no se arregla con marketing ni con slogans reciclados. Se reconstruye con consistencia, con resultados y con dirigentes que hagan lo que dicen, incluso cuando no conviene.
La conclusión es bastante menos épica que el Mundial que acaba de terminar. Río Negro no necesita más liderazgos personalistas ni administraciones que sobreviven. Necesita un equipo, un rumbo claro y dirigentes que entiendan que gobernar no es sostenerse, sino transformar.
La Scaloneta ya mostró que se puede. La pregunta es cuánto tiempo más la política rionegrina va a seguir haciendo como que no lo ve.
(*) legislador provincial, PRO – Unión Republicana







Cuando aumentan las tasas, también debe aumentar la transparencia




























