Piedrabuena en el tiempo actual

Opinión23/08/2026 Por Pedro Pesatti *

El 24 de agosto de 1833, en Carmen de Patagones, a orillas del río Negro, nació Luis Piedrabuena, apenas siete meses después de que la corbeta británica Clio desalojara por la fuerza a las autoridades argentinas de las Islas Malvinas.

Esta coincidencia de fechas es la clave con la que debemos interpretar toda su vida.

Piedrabuena desarrolló su titánica misión como sembrador de soberanía, en los impracticables mares australes, dentro del mismo tiempo histórico que inauguró la presencia colonial de Inglaterra en el espacio marítimo e insular de la Argentina.

En ese contexto, don Luis dedicó cada instante de su existencia a construir, con recursos y embarcaciones propios, lo que el Estado nacional todavía no estaba en condiciones de garantizar al sur del río que lo vio nacer y en el que aprendió las primeras artes de la navegación.

Fue grumete a los nueve años y, a los quince, ya había doblado el cabo de Hornos.

En 1859 remontó el río Santa Cruz, se instaló en la isla que llamó Pavón e izó allí la bandera argentina, cuando en aquellas latitudes no había una sola referencia que indicara a qué nación pertenecía el espacio circundante.

En 1863 escribió sobre una roca del cabo de Hornos, con la letra pausada de quien redacta un tratado internacional, que allí terminaba el dominio de la República Argentina y que en la Isla de los Estados se socorría a los náufragos con el sesgo argentino que él cultivó como un legado de humanidad.

Con los restos de su goleta hundida en aquella indómita isla, construyó el cúter Luisito, una proeza náutica jamás reproducida por nadie, y volvió al mar para rescatar tripulaciones de banderas ajenas, pero en nombre del país que amaba con devoción patagónica.

Murió pobre, en Buenos Aires, el 10 de agosto de 1883, dejándonos una lección que hoy debiéramos recitar como un credo: la soberanía se construye cada día, ocupando lo que es nuestro, poblando la vasta geografía y promoviendo la función clave de la educación, para armarnos de ciencia y tecnología, los verdaderos y únicos recursos que hacen libres y grandes a los pueblos.

No hay dudas de que es en el campo del conocimiento donde se libra el verdadero destino de un país, a la par que deben fraguarse las conciencias para enfrentar la expoliación como la que hoy vivimos, jamás vista por la magnitud y la velocidad con que se va consumando, por la destrucción que provoca y las mutilaciones que estamos experimentando en el cuerpo social de la Nación.

Referimos todo esto porque, en este mismo momento, a 220 kilómetros al norte de Puerto Argentino, la israelí Navitas Petroleum, con el 65% del proyecto, y la británica Rockhopper, con el 35% restante, ejecutan la primera fase del yacimiento Sea Lion.

Once pozos submarinos, el buque Aoka Mizu reconvertido en unidad flotante de producción, obras de muelle y una base logística ya iniciadas en las islas, confirman el inicio de la perforación para 2027. Todo ello, sobre una cuenca cuyos recursos certificados superan holgadamente los mil trescientos millones de barriles y cuyo valor acumulado, a lo largo de la vida útil del complejo, se proyecta en el orden de los ochenta mil millones de dólares.

Ese petróleo es patrimonio de la Nación Argentina.

Lo extrae una potencia que ocupa el archipiélago desde 1833, lo financia el capital de Tel Aviv, lo estructuran los estudios y los fondos de Wall Street y lo consiente un gobierno nacional que ha convertido la desmalvinización en política exterior y cultiva su alineamiento con Londres como un perrito faldero de Su Majestad.

Detengámonos en la cifra, porque la cifra es política.

Con ochenta mil millones de dólares se podría resolver el problema estructural del empleo de varias generaciones de jóvenes argentinos y garantizar, al mismo tiempo, un haber jubilatorio que esté a la altura de las necesidades reales de nuestros adultos mayores, que sufren el mayor peso del ajuste más grande en la historia de la humanidad.

Lo que está en juego, en concreto, es una parte del patrimonio imprescriptible e inalienable de la Nación Argentina que Inglaterra usufructúa como si le perteneciera.

Piedrabuena tenía una goleta, un catalejo prestado y no mucho más. Desde luego, jamás habría admirado a Margaret Thatcher.

Así y todo, con lo poco que tenía, plantó una bandera que jamás podrá ser arriada por nadie.

Nosotros tenemos el deber de honrarlo, sobre todo frente a quienes hoy conducen el gobierno argentino y prefieren mirar hacia otro lado.

En la batalla cultural en la que nos han metido, la soberanía es un significante asociado a una suerte de moda del pasado, cuando en realidad resume todas las desdichas de hoy y las que tendremos mañana si no advertimos ahora mismo en manos de quién estamos.

Por eso, Luis Piedrabuena nos exige recuperar ese principio fundamental que fue su propósito de vida, antes de que perdamos todo. Soberanía.

* Vicegobernador de Río Negro

Piedrabuena

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