





Durante el acto conmemorativo por el 2 de abril desarrollado hoy en el Memorial del balneario El Cóndor, en homenaje a los veteranos y caídos en la guerra de Malvinas, se leyó una emotiva carta abierta dirigida a las islas y titulada como la canción de Atahualpa Yupanqui “Las hermanitas perdidas”.


La nota fue suscripta por los veteranos de ese combate, soldados continentales, autoridades provinciales, municipales, representantes de diferentes fuerzas de seguridad y de la comunidad en general.
TEXTO COMPLETO DE LA CARTA
Río Negro, Memorial Malvinas, 2 de abril de 2025
Queridas hermanitas,
queridas Malvinas:
Les hablamos desde este lado del mar, donde la memoria todavía sangra y el corazón colectivo late desordenado. Les hablamos desde un pueblo que las nombra cada día, pero que ha olvidado, en algún rincón de su alma, cómo abrazarse a sí mismo.
Atahualpa Yupanqui, el gran poeta y músico de nuestra tierra, les dedicó una canción. Las llamó “las hermanitas perdidas”. Pero quizás hoy, hermanitas, los perdidos seamos nosotros. Perdidos en la ira, en la sospecha, en la costumbre de odiarnos. Perdidos detrás de muros invisibles que nos dividen cada día un poco más. Muros hechos de bronca, de miedo, de prejuicios. No se ven, pero nos aprietan el alma como si fueran rejas, como si lleváramos una cárcel por dentro que nos impide encontrarnos como pueblo.
¿Qué pueblo puede abrazar lo que es suyo si nadie sabe abrazar al compatriota que tiene a su lado? ¿Cómo puede un pueblo caminar hacia el futuro si cada argentino va por su cuenta, señalando al otro como si el enemigo estuviera siempre cerca, y nunca enfrente, allá lejos, camuflado, donde no podemos advertirlo? Como si hubiera una fuerza invisible —astuta, calculada, persistente— que se cuela entre nosotros para sembrar división, para enfrentarnos, para que desconfiemos los unos de los otros hasta olvidar quiénes somos.
Cuando quisimos volver a ustedes, en aquel abril de 1982, el mundo poderoso cerró filas. La OTAN le prestó sus garras a Inglaterra, y Estados Unidos le dio la espalda a la Argentina.
Pero América Latina —casi toda— nos tendió su mano. Con la excepción del Chile de Pinochet, nuestros hermanos de la patria grande, de San Martín y Bolívar, supieron entender lo que estaba en juego. No era solo el territorio y el mar de la Argentina: era su dignidad y su derecho imprescriptible.
Y sin embargo, aquí estamos, cuatro décadas después, más distantes entre nosotros que entonces. Perdimos una batalla contra Inglaterra, pero lo más grave son las batallas que entablamos entre nosotros todos los días, como si el enemigo hubiera logrado inocularnos el odio para garantizar su dominio sobre ustedes y el mar que ellos ocupan sin derecho alguno.
Por eso les escribimos. No para recordar lo que ya sabemos, ni para repetir fechas y relatos que aprendimos de memoria. Les escribimos para pedir auxilio. Para que ustedes —que siguen ahí, resistiendo, con nuestros héroes descansando en su tierra, fieles al amor de un pueblo que las sueña— salgan a buscarnos. Porque estamos perdidos. Porque ya no sabemos bien quiénes somos. Porque nos hace falta que alguien nos mire desde lejos y nos diga que todavía vale la pena creer en nosotros mismos.
Ayúdennos a encontrarnos. A curar esta tristeza de ser enemigos entre nosotros. Ayúdennos a recordar que sin unidad no hay futuro, y que sin ese futuro de unidad y tolerancia, de respeto y aceptación del otro, tal como cada cual decide ser sobre esta tierra, no hay posibilidad alguna de poder rescatarlas para liberarlas de las manos de quienes se apropiaron de ustedes, hermanitas del alma.
El día que volvamos a querernos, ese día ustedes también estarán más cerca. No dudamos del amor que cada argentino siente por ustedes, pero ese amor es insuficiente si no se transforma también en un sentimiento idéntico por cada hermano y hermana, por cada hijo y por cada hija de nuestra patria.
Y ese día, cuando volvamos a querernos, por fin, nos habremos encontrado, porque dejaremos de estar perdidos.
Nos habremos encontrado para abrazarlas en nombre de los 649 héroes que entregaron su vida por la patria; en nombre de los veteranos y veteranas que aún llevan la guerra en el cuerpo y en el alma; en nombre de todas las mujeres y hombres que, con su coraje silencioso, tejieron esa gesta que hoy recordamos con orgullo, con amor y con memoria.
Con dolor, con ternura y con esperanza…
¡Viva la patria!

















