Viedma09/07/2026

(AUDIO) Entre el "sonido del silencio" y el tejido de gallinero: crónica de la vida en La Lobería

Por fuera, es una de las postales más imponentes de la costa rionegrina. Por dentro, es un microcosmos de apenas seis o siete personas (contando a los dos policías de turno) que han decidido hacer del acantilado su hogar permanente. Uno de ellos es Raúl Mingo, exdelegado de El Cóndor, quien hace casi diez años cambió el ruido por una paz que, a veces, se parece demasiado al olvido.

El refugio de los pocos

 

Vivir en La Lobería no es para cualquiera. Es un lugar de una carga energética brutal, donde el único servicio que llega por cable es la luz eléctrica. Todo lo demás depende de la voluntad del cielo y del esfuerzo de los vecinos.

 

“Es hermoso escuchar los sonidos del silencio... es una vida muy tranquila y, a esta altura de mi vida, creo que es lo mejor que podría haber decidido”, confiesa Raúl a FM DE LA COSTA (www.fmdelacosta999.com.ar) con la calma de quien ya no espera nada de la burocracia, pero sí de sus propias manos.

 

Esa tranquilidad tiene un precio: la autogestión total. En La Lobería, si querés una plaza, tenés que plantarla. Si querés agua en ese espacio verde, tenés que cavar. Raúl cuenta con orgullo —y un poco de cansancio— cómo junto a otros vecinos transformaron un terreno baldío en un punto de encuentro con bancos de hormigón y mesas. “A mano hicimos más de 100 metros de zanjeo y enterramos una manguera negra que nos permitió entrar el agua a la placita”, relata sobre la épica cotidiana de vivir en un lugar donde el Estado parece haber quedado a mitad de camino.

La belleza que da vergüenza

 

El contraste es doloroso. Mientras Raúl y su esposa cortan las malezas de las banquinas y veredas en un radio de ocho cuadras para que el lugar luzca transitable, la infraestructura oficial se cae a pedazos.

 

El relato de Mingo se vuelve amargo al hablar de la desidia municipal. Describe un “abandono total” que solo se maquilla cuando el calendario aprieta. “Solo esperamos al 15 de diciembre, cuando vienen con los baldes de cal viva para dar una mano de pintura y chau”, dispara con ironía.

 

Pero lo más triste está en los detalles de seguridad. Lo que antes eran barandas de madera y luego de caño en la bajada a la playa, hoy es un monumento a la precariedad: “Ahora directamente le pusieron un pedazo de tejido de gallinero atado con alambre”. Es esa imagen la que le retuerce el ánimo cuando llega alguien de afuera: “A mí me da vergüenza que venga un turista y diga ‘esta es la hermosa Lobería’. Me da vergüenza”.

Bienvenido mes de Julio, así te esperamos en La Loberia (publicación de Mingo en 2023)

Un tesoro oculto (y descuidado)

 

Incluso las joyas del lugar sufren el aislamiento. La Lobería tiene un restaurante con “una de las mejores vistas de la zona”, un balcón privilegiado al Mar Argentino que está abierto todo el año.

 

Sin embargo, Mingo lamenta que esté "oculto" por falta de señalización: “Hay gente que viene y no sabe dónde comprar una masita o tomar un café”, explica, mientras advierte que las estructuras edilicias del balneario están en un declive que una mano de cal no puede solucionar.

 

Para Raúl, la vida en La Lobería es un ejercicio de resistencia y amor por el paisaje. Es entender que la naturaleza, como dice él, no te premia cuando la tocás, sino que te castiga. Por eso prefiere seguir ahí, entre eucaliptos y acantilados, cuidando su rincón y esperando que algún día el "hermoso silencio" de su lugar no sea también el silencio de quienes deben gestionarlo.

Pese a haber un cartel de señalización y un contenedor para escombros y malezas, vecinos SUCIOS en La Loberia tiran en cualquier lado (2022)