Por Blanca Vissani

Qué cada cocina argentina tenga una olla de Casira

OLLAS, CASIRA

Foto gentileza El Tribuno

La idea del viaje a Casira,  nació  a partir del encuentro organizado  en San Carlos,  Salta  por el ceramista, Gastón Contreras. En ese ámbito hacía su presencia,  una alfarera y su familia procedentes  de Casira, población de la provincia de Jujuy al límite con Bolivia. Donde de abuelos a nietos, realizan la cerámica. Estaban ahí,  paraditos junto a su trabajo y la clara  y apacible sencillez que recorría su figura y le navegaba en sus ojos. Un conjunto de piezas atraían con fuerza  casi todas las miradas. “Es una cerámica increíble”, dijo el conocido maestro, Tato Corte. Coincidía  en ello, el resto del grupo compuesto por ceramistas de Bahía Blanca, Buenos Aires y Uruguay. “Nosotros los ceramistas,  somos muy dados a los encuentros”, nos comenta.  Para saber más Sobre Tato Corte, ver corriendo el cursor, en este periódico, Tato Corte: Pasión por la cerámica y los pueblos originarios.

Como poseídos por ese influjo, instantáneamente se enamoraron de ellas. Hicieron de la olla de Casira que lucía esplendida, la estrella privilegiada. Poco tiempo después asaltado por la curiosidad, la naciente idea de marchar hacia Casira se manifestó   con fuerza.  Gastón Contreras, que concurrió luego a la asamblea de la comunidad originaria de Casira, recibió el ok de la autoridad para que el grupo de ceramistas los visitara. “Para allá salimos”,  nos cuenta Tato. La naturaleza en su afán de vastedad hizo que las rutas y caminos resultaran tan largos y difíciles, -lo sabían-. Se encontrarían en La Quiaca, para luego seguir hacia el pueblo de origen chicha que después los incas -se estima por el 1600-, extendiéndose de su geografía, se instalaron allí, en lo que hoy es Casira. . En el desafío que imponían los 2600 kilómetros y la tierra que se alzaba más y más, un obsesivo sol, en ciertos tramos, sin otros matices, amarilleaba el pasto. En un instante, la exclamación que brotó unánime se hizo brindis: La figura de la llama, bonita y simbólica se anunciaba a la distancia, fue en ese punto, por la entrañable postal aparecida, cuando en una suerte de ensueños  los viajeros se sintían ya, envueltos en la Puna. Qué no teman las amigables  llamas y vicuñas,  de buen ánimo son los amigos también, los que van por el camino de llegada.  Verán con regocijo, luego, al niño que con su manita llena, muy a menudo,  ofrece   algún tipo de  delicia  a estos entrañables animales que los acompañan en la  Puna.

 ¡Por fin Casira! Casira del encuentro y la curiosidad, a 3700 metros de altura.   El sol que besa fuerte como para bien visibilizar a sus dilectos hijos, si bien agradecidos, se resguardan del astro, bajos sus sombreros.  Casira es para el de afuera como un escenario que desmiente el presente.  Trabajar y mañana es un día más, se vuelve la eterna suma para sostener el pasado. Como si fuese una fantasía, pero existe, claro que  existe.

“Para no invadir Casira, por ser un pueblo pequeño, dormíamos en la escuela de Cienaguillas, el pueblo vecino”, prosigue Tato.  Compartimos  desde un lunes al  viernes siguiente. Más, nos insumió seis días   entre la ida y la vuelta.  Nuestro propósito era encontrarnos y aprender de lo que hacían los lugareños” Así, como es Tato, y el resto del grupo que no le va a la zaga,  insaciables en indagar también, acerca del proceso impuesto a la luz de la tradición,  que desde siglos descargan en su cerámica. “A la vez, nosotros  difundimos qué técnicas usamos, que dificultades tenemos. Nos gusta trabajar juntos, levantar piezas en común como también quemarlas a cielo abierto”.

Una mirada sobre Casira   

Según el informe Tantanakuy,  (encuentro), de Javier Wijnants, ceramista uruguayo: “Llegar a Casira  supones un largo viaje, no sólo por la distancia geográfica, sino porque implica volver al origen de la cerámica en los mejor de los sentidos. Adaptar el ritmo de la respiración a los  3700 metros de altura y adaptar los ojos ante la inmensidad de la Puna jujeña que rodea a este pueblo alfarero, único en la Argentina que mantiene la productividad de las ollas de barro. En las cuadras que podemos recorrer,  entre casas de adobe, con sus  patios cercados también por adobe se pueden apreciar un entramado de  talleres de extensa producción  artesanal llevados adelante por familias alfareras”

Por ser térmicas sus casas de adobe, hacían gratas la permanencia en ellas. Las conversaciones fluían serenas, respetuosas y los secretos no eran tales como se pensaba. Sólo que en la quimera de la Puna, los visitantes, sentían estar más atrás en la línea del tiempo.  Los casireños, sin embargo, liberaban generosamente el gran tesoro: Su saber. “Almorzábamos en la casa de lo Martínez y en lo de otras familias, disponían de un menú variado y muy sabroso,    Dentro de la variedad de piezas con que contaba la producción familiar, platos y casuelas cumplían muy bien en función de su uso diario. El aroma que salía disparado de la portentosa olla despertaban ciertas ansias,  huéspedes.   A través de la inocente generosidad que imponía la cultura, chivos y llamas  donan la fibra y  proteína. Su cultivo proporciona verduras que con papas andinas, acompañaban como saludables componentes, junto al poder de las especias daban predominio a un sabor autóctono. Ingredientes que llevaban al paladar, por un viaje fascinante en línea directa con la misma tierra.

“Pensar que la alfarería estaba considerada como una tarea menor, subvalorada, reflexiona Tato. Incansable luchador social e investigador de los pueblos originarios,   -enfatiza-,  nuestro objetivo –como primer paso- se dirige a que se reconozca, se valorice la gran calidad de esas ollas. Y que ellos se valoricen como productores  de un tesoro cultural. Está en ellos, en función de eso vamos empezar a pensar en distintos mecanismos para que puedan vender, directa o indirectamente mejor su producción. Desde el punto de vista tecnológico ellos no necesitan mejorar nada, como creen algunos ceramistas. Eso no es cierto, su tecnología es insuperable, la mejor del mundo. Por lo tanto está muy presente en interés acerca de que sean  declaradas Patrimonio Nacional. Una ceramista del grupo, hizo su tesis a partir de la formidable Olla de Casira.  En una osada prueba  puso 20 veces, una olla al alto rigor del calor para luego pasarlas por agua fría  sin ser afectadas por rajaduras u otro inconveniente”.

El gran pecado está, en que los ceramistas de Casira, trabajan bajo el yugo de la explotación  que ejercitan una y otra vez personas insensibles que sin equidad alguna  se acercan con camiones a comprarles sus productos.

“Un ingeniero y ceramista, Nicolás Rendtorff,  -cuenta Tato-, ha estudiado la arcilla y al modo en que está  constituida  las partículas de las piezas. Ha llegado a conclusiones notables: Ellos tienen un  anti plástico muy especial que le llaman pirca con la que mezclan la arcilla, en forma de laja, la trituran y la mezclan. Y la otra cosa que tienen ellos que es única, rarísima, se da en las condiciones geográficas como lo que ellos tienen es que en la primera parte de la quema. Se hace exclusivamente al sol. Es decir que se ahorran una parte muy importante de la horneada, que es la más delicada. A los 100 grados se va el agua en forma de vapor.  Ellos hacen las piezas a la mañana,  la terminan  a la tarde, la pulen con una piedra y la cocinan con bosta de llamas y vicuñas. Esa misma noche y no se rompe ninguna. Es que ya están secas por el sol de la tarde”.

Tato Corte escribe con detalles por  qué es única la alfarería de Casira:

1-La composición de la pasta
La arcilla plástica “barro chico”, se mezcla con “pirca”, conformando ambas el barro grande. La pirca es una arcilla comprimida por presión en forma de laja. Se la tritura y tamiza 1mmy se agrega al barro chico. Durante el trabajo en húmedo –levantado de la pieza-, la pirca se comporta como un antiplástico, pero al cocerse pasa a ser cerámica  pasa a ser cerámica homogénea con el resto de la pasta. La alta cantidad de óxido de hierro aportan una conductividad térmica, que garantizan  el calentamiento parejo de. la cerámica de Casira. La olla se mueve homogéneamente tanto durante su cocción como su uso de cocina. De allí la calidad de las ollas de Casira.  En su escrito de tesis, Clara Alberti cuenta la prueba de calentar 20 veces una olla y pasarlas por agua fría sin romperlas.

2- Forma de levantar paredes finas como  para porcelana –trabajo al sol trópico- humedecimiento permanente de la pieza porque se seca…trabajo rápido

Se estira y se presiona a la vez, con una herramienta plana redondeada de forma ovalada o redonda (como una lama gruesa de madera de 10 mm espesor) contra la mano que controla del otro lado de la pieza o se golpea con paleta comprimiendo y dando forma.  Se inicia modelando la base por pellizco, luego al sol se estira la pared, mojando siempre y presionando contra la mano que está del lado de afuera. Lograda la forma deseada, se orea y se apoya un chorizo grueso  de 25mm sobre un borde de 3-4 mm.

Se une un chorizo por un pellizco y se estira y afina la pared nueva apretando y estirando, siempre mojando!! Se trabaja siempre al sol, que es el encargado de secar y dar rigidez a esas paredes finísimas. Se usa paleta para dar forma  a las  paredes con golpes suaves. Obviamente estamos  ante una técnica rapidísima y muy eficientes en los espesores y firmeza de la pasta logrados. Velocidad y eficiencia del modelado en Casira es otra explicación a la persistencia de esta alfarería a pesar del bajísimo precio que pagan los compradores intermediarios que suben a buscarla, mal pagando a los productores.

3- Combustible: La bosta de llama y vicuña, rumiante que llenan sus estómagos con pasto seco de La Puna -100mm anuales de lluvia.

El principal combustible en la quema tradicional de Casira es la bosta de llama y vicuña, Estos animales tienen  tres estómagos y uno de ellos dividido  en dos cavidades. Los camélidos sudamericanos logran una extracción de las  de las proteínas mayor en la digestión que los rumiantes con cuernos, vacunos caprinos, bovinos. El estiércol resultante es un pellet de combustible de celulosa pura. Los animales excretan en un mismo sitio- por lo tanto es sencillo juntarlo. Por oro lado, las llamas, animal doméstico, duermen a corral por las noches y generan una bosta de corral, prensada por la pisada- que es más potente aun en la combustión, que se llama tala.

Cuando se arma el horno tradicional, donde combustible y piezas van juntas, todo el borde externo está formado por adobes parados. Se coloca sobre los adobes del lado interior la tala, como también en el piso o solera de horno. Colocadas las piezas crudas dentro de este perímetro de adobe y tala, por dentro y abajo,  se llenan las vasijas y entremedio con la bosta suelta en pellets. El resultado son las hermosas manchas metalizadas negras, azules, verdosas y aun amarillas. Hay otro horno más complejo, ya que dispone de un hogar separado de una cámara de cocción. La planta es circular de un metro y medio de diámetro, un metro de alto y toda la solera del horno tiene un nivel subterráneo por donde entra el fuego. El hogar que está debajo  del nivel de piso y comunica con la solera  por debajo. El piso del horno está sujeto por arcos de ladrillo y tiene 10- 12 agujeros grandes de 15 cm de diámetro por donde sube la llama. Cargando el horno, se quema tola, planta arbustiva de la Puna, comida por burros, cabras, llamas vicuñas y usada como combustible por la gente. Hay una excesiva extracción de la planta, haciendo peligrar la especie. Encendida la parte inferior del horno por la quema de tola, se procede a echar bosta de llama, vicuña, burro y se tapa la parte superior con tiestos rotos de quemas anteriores. Así se economiza bosta empleando tola.

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